miércoles, 10 de diciembre de 2008

La primera vez

23 de JUNIO de 2003 MADRID



Por fin verano!!!, adios a la monotonía diaria, ese andar momificado, rígido de horarios y planes, adios a ese bajo muro que no podemos saltar pero que si nos permite ver detrás suya si damos un saltito, preso en un laberinto urbanistico de coches y ruidos, como en el mito de la caverna, viendo un mundo de reflejos, un mundo que no nos esta permitido. Pero ahora empieza el relax y la libertad, el derecho que todo humano tiene de malgastar su existencia en un no existir, en un no ser, no estar... sin que nadie disturbe mi paz, sin inundar mi mente con futuros y porvenires, como pájaro libre. Eso me gusta.

Cuando llegué a casa, lo de siempre, una avalancha de reproches atados unos a otros como con una cuerda invisible que no parecía parar de estirarse, exigiéndome siempre más, pues nunca es suficiente para ellos, esos férreos mártires del trabajo, hasta un punto enfermizo. Nunca los comprendí, ni creo que llegue a hacerlo.

A la mesa, en la comida, después de tumbar mi lusión por un año de trabajo, sus miradas gélidas se clavaban en el plato, mascando con una pausa rumiante sus silenciosas palabras, me gritaban sutilmente, sin palabras, sin gestos, como pétreas gárgolas, reprochándome todos mis fallos, absolutamente.

Eché a correr, volé fuera de allí, rapidamente. Mi mente, sin pensarlo, estaba gozando el verano sin siquiera un respiro, mientras mi triste cuerpo descansaba en la silla, opaco, asfixiado, eterno. Y de golpe, boom!!, esas caras afiladas y rígidas me trajeron de vuelta a la realidad, sus ojos gritaban negatividad, brillaban reproche y rabia y por supuesto esa decepción que tanto me hería. Ahora si salí corriendo, realmente, y con una arcada me encerré en mi habitación a la espera de esas ansiadas alas que me hiciesen volar, escapar de esa cárcel en que mi casa se estaba convirtiendo paso a paso, día a día. No sabía que hacer, ¿Cual era la solución a ese maremágnum de sentimientos encontrados? ¿Cuales mis alas?

Si, si, lo sabía, estaba claro, necesitaba alas para escapar de allí y ellas estaban muy cerca, al alcance de mi mano, tentándome. Cogí mi móvil y trás pensarmelo un momento marqué la convinación que me abriría las puertas del cielo, ese cielo en donde sin duda encontraría mi propia nube, esperándome, impoluta, mullida, una nube donde podría caer una y mil veces sin lastimarme, sin dolor. Un pitido, y dos, y tres... cada uno de ellos eterno. Pensé que nunca lo cogería y que me quedaría encerrado en este mundo bajo llave. No fué así.

Me esperaba allí, en su banco, con su cigarrillo, tranquilo y mostrando esa pose de chulería que tanto le caracteriza. Me acercaba a él y la euforia me invadía, aunque me temblaban las piernas, nunca lo había hecho pero estaba decidido, como un juez que tras escuchar todas las partes dicta sentencia.

Cuando llegué junto él se levantó y nos chocamos las manos cordialmente, la mía sudaba, la suya estaba seca como un desierto, en su cara ni ápice de nerviosismo, era estoico. Por contra la mía se contraía en un rictus nervioso en el que no sabia si sonreir o estar serio y que era incapaz de controlar, dándome un aspecto desencajado. Cruzamos unas pocas palabras ausentes de significado antes de entrar en ese mundo soñado, esa realidad paralela en la que todo es más fácil, entonces lo llamamos.

El proveedor del maná que nos transportaría a ese mundo en un volar lento y relajado nos esperaba en frente de uno de esos maravillosos sitios en los que se deifica el café, sentado en su moto. Dirigimos un par de fugaces miradas a ambos lados con la intención de vislumbrar la existencia de esos fantasmas que persiguen los susurros sordos de las drogas, esos sabuesos a la busca de su presa. Nos dirigimos hacia él deprisa y despúes de un par de sutiles palabras nos dirigimos a un tunel oscuro con cantidades inauditas de adrenalina en sangre, en medio de esa sensación que agudiza nuestros sentidos de una manera surrealista y que nos hace creer que flotamos a tres metros sobre el suelo. Unos cuantos gestos bastaron, sobraban las palabras, ya teniamos todos lo que queríamos. Nos separamos.

Lo hice, me metí en ese cielo, encontré mi nube por primera vez, sentí libertad, ausencia de problemas, ese no ser, no estar, ese relax, la paz en su versión más extensa, como un océano sin olas, como un mundo sin ruidos, perfecto. Las drogas entraron en mi vida. Ya tengo alas.

los inicios

Siempre me había llamado la atención ese mundo extraño, donde la gente parece flotar sobre las nubes, mirando sus problemas de lejos y riendose de lo insignificantes que parecen para luego bajar al suelo y ver su cruel magnitud, sumidos en un algoritmo de anarkía, un caos vital casi irreparable, pero yo no veía esa parte, aún no, el calvario aún no había empezado.

Esa nube que yo quería sentir, esa ausencia de responsabilidad total, esa amplitud al ver las cosas de una manera mas relajada, distendida, sin estrés, de liberarme de esas ataduras crueles que exigían de mi cosas que no me gustaban y esa nube que estaba tan cerca, al alcance de mi mano, me tentaba, me daba miedo.

Conocía un sinfín de maravillosos elixires para conseguir esa vaga sensación de bienestar, la sociedad y los medios gritaban sus nombres, estaban a mi alrededor, susurrándome, en cada esquina, me perseguían en un torbellino de sensaciones contrapuestas. Ellas me querían. Yo a ellas también.

También estaba ese ineludible peso que estaba arrastrándome al fondo de ese abismo de desesperación y que yo en un cruel y patético intento trataba de levantar, me ahogaba más y más, hiriendo mi orgullo, diciendome que ellas son más fuertes, no lo creía.


Hasta que todo empezó...